sábado, 22 de noviembre de 2008

Dios desde el presentimiento

Dios: no sé nada de ti, yo no sé nada.
Sólo sé que aquí estoy, como está el árbol,
más lejos del saber que del aliento,
o como el ave que perdió las alas
en noches de misterios y cellisca.
Sólo sé que soy mármol crepitante,
luciérnaga apagada, vaso informe,
raíz en lo telúrico precisa
y en los vientos incógnita inefable.

Dios: soy aire, a lo máximo, sin duda,
canción sin terminar, niño que empieza,
luna que se detuvo en el creciente,
como la mueca del pincel oscuro
cuando hizo nupcia el sol con el paisaje.
¿Cómo quieres, entonces, que te sepa,
que indague tus entrañas, como un sabio
busca el conocimiento de las cosas?

Debes estar en mí pues que no entiendo
tu manera de ser; debo tenerte...
¡Y es que el barro resulta tan pequeño
para albergar un pensamiento solo...!
Por dentro de la piel, por cada vena,
quisiera adivinar tu Ser recóndito
como un aliento practicado a oscuras.

Debes cantar en mí... Tu voz crepita
-farol enguirnaldado- en cada huella.
Por encima de mi incógnita en el aire.
Tú hablas por mí cuando la carne llama
y hemos de dar al viento la respuesta;
sí, tu voz se me llega a los oídos
como una voz de antiguo conocida.

Tú obras por mí: mis manos son las tuyas,
mis pies los tuyos, también tuya mi espalda.
En cada dedo nuestro hay una alondra
soñadora de cielos sin adobes.

Pero te ignoro, Dios, yo no sé nada
de tu Ser en sazón sobre mi vida.
No sé por qué, mas sin embargo existo
como una sombra en medio de la noche.
Yo soy yo para mí, y yo no sé nada
de cuanto guardo en cada aliento mínimo.

Dios: no sé nada de Ti, yo no sé nada.

¿Yo estoy en ciernes, Dios, y Tú, maduro?

Gabino Alejandro Carriedo. La sal de Dios (1948).

2 comentarios:

Mario dijo...

Sólo si se tiene fe, se le puede seguir, pues al fin y al cabo, es el gran desconocido...

Un abrazo.

Castedo Merinero dijo...

El poeta debió ser creyente, pero la España de la guerra y posguerra lo invitaron a hacerse preguntas.
Un abrazo.