miércoles, 31 de marzo de 2010

Velero de sueños

¡Ay!, si ya no estuvieras,
si no te viera más,
si tocara ahora mismo con mis dedos
el evidente hueco de tu ausencia
y sintiera la sed de tu distancia,
se me llenaría el alma,
como un huerto,
de naranjas amargas y tardías.
¿Pero cómo sería ese sabor?
A fuerza de añorarlo ansiosamente,
me embarco en el velero de mis sueños
huyendo de tu olor y tu contacto.
¡Ay! si ya no estuvieras,
con qué hondura y qué fuerza de marea salobre te querría.

Carmen Martín Gaite.

lunes, 29 de marzo de 2010

Tendidos

Llueve, y amo.
Jadean, en extendida sombra,
dos sombras vivas, hozan la nada,
y en ella se alimentan.
Son jirones de luz,
y a su luz se ven ojos, muslos, cabellos,
mientras la sombra se extingue hacia más sombra,
y el reposo de las sábanas
de las furias del cuerpo
es el agrandamiento de quien ha de morir,
y sin pedir la vida, la vida le desborda
hasta negar la muerte miserable,
la herrumbre de los cuerpos aún vivos
y las sombras ya huecas de los muertos.

Francisco Brines. Aún no (1971).

martes, 23 de marzo de 2010

El niño

Advierto que he olvidado al niño que yo fui,
y acaso ese niño ya haya muerto.

En vano miro unas fotografías,
que amarillean sin provocar recuerdos.
Pantalón corto,
blanca y sin corbata la camisa.
De la mano,
de la que fue mi madre.
En una plaza innominada y fría
junto a una fuente seca, serio el rostro,
encogido, ante ese ojo ciego
del artista del cliché callejero.
Y al lado de unos árboles, sin hojas ni color,
abrigo de botones, largo como el invierno,
y botas de cordones y calcetines gruesos.
Una vez y otra lo intento, me concentro,
y no alcanzo el encuentro.
Lo perdí, me he perdido.
Cortadas mis raíces, borrada la memoria,
soy sólo un hombre engastado al vacío,
sin derecho al mañana,
con el ayer huido.

Pedro Crespo. País de naipes y relojes (1984).

domingo, 21 de marzo de 2010

La alcoba y el tiempo

Se diría que el tiempo
no sale de esta alcoba,
que es más bien el espacio
quien se mueva y transforma.

Cuatro paredes. Unos
zapatos en la alfombra
vacíos. Un espejo.
Una bombilla rota...

Se diría que el tiempo
no pasa cuando gozan
los dioses. Se diría
que es eterna la rosa.

Cuántos niños suplican
nombre y ser en la alcoba,
hijos del viento impuro
y la ceniza honda.

Se diría que el tiempo
no se da ni se toma,
que el tiempo es como el vino
recogido en la copa,
desgraciado en el suelo
y feliz en la boca.

Joaquín Caro Romero. El tiempo en el espejo (1966).

jueves, 11 de marzo de 2010

El tiempo difícil (V)

Cantamos.
Cantamos por las calles -avenidas a medias-
con nuestro amor -¿amor aquello?- sobre
la espalda recién cicatrizada aún.
Y tardes enteras
en las vespertinas sesiones de cines humildes
cogidos de la mano -¿amor aquello?- inútilmente
horas y más horas. Hasta casi las nueve de la
noche.

Y luego el reverendo padre
en el púlpito barroco y torturado
acusándonos a todos -¿amor aquello?-
por unos besos nunca omitidos.

Y a pesar de todo
cantamos hasta abordar tus labios
con mis labios desesperadamente hartos
del silencio no vida tantas horas paradas
ante el escaparate iluminado.

¿Amor aquello?

Sí amor aquello
unido abrazo pleno hasta saciar la sed
del dedo la palabra el llanto
la agonía de los besos furtivos
en un baile aséptico domingo por la tarde
En la ciudad.

José Antonio Labordeta.

miércoles, 10 de marzo de 2010

Deterioro amoroso

Construimos una casa con erizos, flores de hule y ventanas de papel maché.
Y no queríamos ser mayores, queríamos quedarnos dentro del recinto
que tus dedos y mi cuello delinearon en la degenerada retina del tiempo.

Luego, rompimos todas las referencias, todo lo útil, todo lo que fuera racionalidad,
para dejar paso a un destino premeditadamente bohemio.
Y no queríamos crecer, queríamos vivir entre los enanos y las brujas de Buenos Aires y Madrid.

Pero la ambición hizo que ampliáramos el horizonte: creamos un jardín demasiado barroco,
un patio donde las hadas se hacían criadas gratuitas y bien dispuestas.
Y nos planteamos el envejecer un poquito, no mucho, lo suficiente para ya no retornar a la sencillez nunca más,
creyendo que de tanto exprimir nuestra imaginación
le haríamos abortar una idea perfecta,
aquella que nos faltaba para escupir al cielo.

Entonces vinieron las inundaciones, las ciénagas, el barro pisoteando a nuestros dioses.
Y quisimos volver a empezar,
quisimos destruirlo todo, pero no pudimos porque una obra divina nunca sería igualada
por unos pobres tendones mortales.

Almudena Guzmán.

domingo, 7 de marzo de 2010

No perdona el recuerdo

¿Qué región del olvido vuelve ahora?
Ráfagas de niñez, aire punzante
de un rincón o de un mueble o de un instante,
muertos, traen su evidencia ahogadora.

¿Qué me quieres, oh luz de aquella hora?
¿No te sufrí y gocé y soñé bastante?
¿Por qué me asaltas, dura, interrogante?
¿Es que voy a morir? Al fin, reaflora

todo lo que fingí, como al descuido
perder en un asiento el tranvía.
Tal vez, en mi ansia, a medias lo he vivido

y algo añora, y se queja, y desvaría.
No me libertaré con el olvido
de mi eterno infeliz de cada día.

José María Valverde. Versos del domingo (1954).

miércoles, 3 de marzo de 2010

Poema

Uno se va gastando, cada día, en la vida.
Todo lo deseó, a todo se fue acercando.
Vino desde el misterio sin saber qué traía,
y todo, aunque lo amó, lo ha ido abandonando.

Larga carrera ardiente, espeso vivir de fiebres.
Nadie perdona nunca el quedarse en la sombra.
Y una tiene que ir, como van las corrientes
por la tierra feraz, volviéndola más honda.

Se vive con lealtad, cada sangre recibe
un aluvión de impulsos, un grito de aventura.
Aquellos que se van, al amarnos exigen
que sea inextinguible la luz que irradia una.

¡Oh, pero el que vive por tantos que no viven
no puede persistir en un amor cerrado!
Está la inagotable pradera irresistible
del mundo del ensueño, eterno y renovado!

Carmen Conde. En un mundo de fugitivos (1960).