miércoles, 29 de octubre de 2008

Amada mía

Es igual que las sábanas me sean familiares
o que una cara nueva ponga en vilo mi noche.
Cada mañana el rito se oficia sin variantes:
el sol y su rutina de claridad benéfica
se llegan hasta el sueño, y me creo culpable
de no sé qué delito cuando el ojo recibe
para empezar el día su cuota desbordante
de luz. Deseo entonces recuperar la ropa,
alisar los recuerdos, correr hacia la calle
a vivir en las cosas con ninguna importancia.
Pero el cuerpo -¿lo siente?- siempre está bajo llave,
clavado en la madera solitaria y humilde
de otro cuerpo que sueña, al calor de la sangre,
redimir así juntos no sé bien qué pecado.

Jorge Riechmann. La primavera nórdica (1998).

2 comentarios:

Mario dijo...

¿es pecado?¿es amor?¿se puede compartir sábanas?
Da igual la cara desconocida. El poeta sabrá reconocerla...

Castedo Merinero dijo...

Es felicidad después del amor, pasajero o no, pero maravilloso siempre.
Un abrazo.