miércoles, 14 de octubre de 2009

La justicia de los ángeles

Era un señor tan importante
que se murió con cuatro médicos
(no le sirvió la aureomicina),
dos enfermeras diplomadas
y al terminar cura y notario.
Tan condecoradísimo,
que no cupieron en su pecho
todas sus cruces y medallas.
Ver el entierro daba gloria,
iban ministros, generales,
y hasta un obispo consagrado.
Se detuvieron los tranvías
(bien es verdad que los viajeros
se consolaron del retraso
viendo pasar tantas coronas).

El mismo día fue enterrada
una mujer llamada Petra.
Se la comieron nueve hijos
todos espurios, pues la pobre
nunca pasó por la parroquia.
Vivió veinte años en pecado,
en hambre, en sed, en alpargatas.
Pero una tarde en primavera
cerró los ojos dulcemente
y presentó la dimisión
alegando tuberculosis.
Era una muerta tan barata
que sólo el viento y los cipreses
le murmuraron responso.

Pero en aquella misma noche
tuvo lugar un gran portento,
que cosa igual no recordaban
ni los difuntos más antiguos.
Un coro de ángeles menudos
de alas traviesas se posaron
sobre la tumba del ilustre.
Hubo un revuelo alborotado,
una aromada trayectoria
de rosas, nardos y claveles,
y el sucio barro que pesaba
sobre los huesos de Petra
amaneció lleno de flores.

Ángela Figuera. Belleza cruel (1958).

1 comentario:

WOOD dijo...

Joer, tio, es bárbara esta "justicia de los ángeles". Asistí a un entierro de un gran tipo de connotaciones similares a Petra, con la diferencia de que solo quedaron un par de flores en su tumba. Abrazo.