viernes, 7 de mayo de 2010

A mano armada

A mano armada,
cuando la noche impone su costumbre de insomnio
y convierte
cada minuto en el aniversario
de todos los sucesos de una vida;

allí,
en la esquina más negra del desamparo, donde
el nunca y el ayer trazan su cruz de sombras,

los recuerdos me asaltan.

Unos empuñan tu mirada,
otros
apoyan en mi espalda,
el alma blanca de un lejano sueño,
y con voz inaudible,
con implacables labios silenciosos,
¡el olvido o la vida!,
me reclaman.

Reconozco los rostros.
No hurto el cuerpo.

Cierro los ojos para ver más hondo
y siento
que me apuñalan fría,
justamente,
con ese hierro viejo:
la memoria.

Ángel González. Breves acotaciones para una biografía (1971).

martes, 4 de mayo de 2010

[Si después de llorar has de vivir]

Si después de llorar has de vivir
y tus lágrimas fueron de morir
y no mueres, por ser flexible acero
la astucia oculta tu amor entero,

y si escondido llamas desleal
a memoria que mata, y no es cabal
tu olvido, y te combaten sin figura
recuerdos que no quieren sepultura,

y si te salen sombras al camino
reclamando lugar en tu destino,
y recelo que de ti se esconde
a angustiada pregunta no responde,

y si sabes de voces sin palabras
que te piden albergue, y que no abras
dice el miedo a espantar la certidumbre
que anida en peñas de insegura cumbre,

no estás vivo ni muerto, sino en trance
de morir y nacer, y no hay avance
posible si no mueres por completo
una vez en tu vida, sin secreto

para nadie que viva en tu interior
con el diáfano rostro de amor,
y si muriendo así no lloran ellos
en silencio, no lágrimas, destellos

que iluminen tu gracia moribunda
y con su luz eviten que se hunda
en rencoroso lago de no ser
tu esperada figura y el quehacer

que te cumple. Y yo te enviaría
mis águilas después de tu agonía.

Rafael Dieste. Rojo farol amante (1936).

viernes, 30 de abril de 2010

Gorrión

No olvida. No se aleja
este granuja astuto
de nuestra vida. Siempre
de prestado, sin rumbo,
como cualquiera, aquí anda,
se lava aquí, tozudo,
entre nuestros zapatos.
¿Qué busca en nuestro oscuro
vivir? ¿Qué amor encuentra
en nuestro pan tan duro?
Ya dio al aire a los muertos
este gorrión que pudo
volar pero aquí sigue,
aquí abajo, seguro,
metiendo en su pechuga
todo el polvo del mundo.

Claudio Rodríguez. Alianza y condena (1965).

jueves, 29 de abril de 2010

Epitafio sin amor

Mientras vivió, permaneció en lo alto. Hoy quedan
retratos pisoteados, libros y panegíricos,
y algo como un horror en la conciencia
colectiva. Su nombre, por fortuna,
ha pasado a la historia para ser
ira, desprecio, escándalo
de las generaciones,
y aún dura en las cloacas de aquel tiempo sombrío.

Pero la maquinaria que creó
no dura. Pieza a pieza, el engranaje
fue sustituido sin piedad.
Un viento popular barrió las vigas
carcomidas, el moho, las distancias,
y en el silencio que quedara en pie
fue posible por fin la primavera.

Carlos Sahagún. Estar contigo (1973).

miércoles, 28 de abril de 2010

A un desahuciado

Poco valoras, menos te entusiasma;
a todo indiferente, más que sabio
pareces sordomudo. Pues hastías,
nadie te quiere ver; tu exigua talla
molesta en salas, playas, urinarios.
Fuera fácil la enmienda, pues conmigo
los ojos te chispean, ríes, gritas,
y a un eremita santo le diviertes
si le hablas de tus vicios. Tan secretos
no son como tú crees, y así ayuntas
murmuración y tedio. Comunica
alegría, no ajada, a sus oídos,
y que todos te envidien la inocencia.
En brevedad ancianará tu cuerpo,
y pues vives por él, aunque precario,
cultiva el vicio, y nunca lo abandones.

Francisco Brines. Aún no (1971). De "Composición de lugar".

Hoy ha sido galardonado con el Premio Reina Sofía de Poesía.

miércoles, 31 de marzo de 2010

Velero de sueños

¡Ay!, si ya no estuvieras,
si no te viera más,
si tocara ahora mismo con mis dedos
el evidente hueco de tu ausencia
y sintiera la sed de tu distancia,
se me llenaría el alma,
como un huerto,
de naranjas amargas y tardías.
¿Pero cómo sería ese sabor?
A fuerza de añorarlo ansiosamente,
me embarco en el velero de mis sueños
huyendo de tu olor y tu contacto.
¡Ay! si ya no estuvieras,
con qué hondura y qué fuerza de marea salobre te querría.

Carmen Martín Gaite.

lunes, 29 de marzo de 2010

Tendidos

Llueve, y amo.
Jadean, en extendida sombra,
dos sombras vivas, hozan la nada,
y en ella se alimentan.
Son jirones de luz,
y a su luz se ven ojos, muslos, cabellos,
mientras la sombra se extingue hacia más sombra,
y el reposo de las sábanas
de las furias del cuerpo
es el agrandamiento de quien ha de morir,
y sin pedir la vida, la vida le desborda
hasta negar la muerte miserable,
la herrumbre de los cuerpos aún vivos
y las sombras ya huecas de los muertos.

Francisco Brines. Aún no (1971).

martes, 23 de marzo de 2010

El niño

Advierto que he olvidado al niño que yo fui,
y acaso ese niño ya haya muerto.

En vano miro unas fotografías,
que amarillean sin provocar recuerdos.
Pantalón corto,
blanca y sin corbata la camisa.
De la mano,
de la que fue mi madre.
En una plaza innominada y fría
junto a una fuente seca, serio el rostro,
encogido, ante ese ojo ciego
del artista del cliché callejero.
Y al lado de unos árboles, sin hojas ni color,
abrigo de botones, largo como el invierno,
y botas de cordones y calcetines gruesos.
Una vez y otra lo intento, me concentro,
y no alcanzo el encuentro.
Lo perdí, me he perdido.
Cortadas mis raíces, borrada la memoria,
soy sólo un hombre engastado al vacío,
sin derecho al mañana,
con el ayer huido.

Pedro Crespo. País de naipes y relojes (1984).

domingo, 21 de marzo de 2010

La alcoba y el tiempo

Se diría que el tiempo
no sale de esta alcoba,
que es más bien el espacio
quien se mueva y transforma.

Cuatro paredes. Unos
zapatos en la alfombra
vacíos. Un espejo.
Una bombilla rota...

Se diría que el tiempo
no pasa cuando gozan
los dioses. Se diría
que es eterna la rosa.

Cuántos niños suplican
nombre y ser en la alcoba,
hijos del viento impuro
y la ceniza honda.

Se diría que el tiempo
no se da ni se toma,
que el tiempo es como el vino
recogido en la copa,
desgraciado en el suelo
y feliz en la boca.

Joaquín Caro Romero. El tiempo en el espejo (1966).

jueves, 11 de marzo de 2010

El tiempo difícil (V)

Cantamos.
Cantamos por las calles -avenidas a medias-
con nuestro amor -¿amor aquello?- sobre
la espalda recién cicatrizada aún.
Y tardes enteras
en las vespertinas sesiones de cines humildes
cogidos de la mano -¿amor aquello?- inútilmente
horas y más horas. Hasta casi las nueve de la
noche.

Y luego el reverendo padre
en el púlpito barroco y torturado
acusándonos a todos -¿amor aquello?-
por unos besos nunca omitidos.

Y a pesar de todo
cantamos hasta abordar tus labios
con mis labios desesperadamente hartos
del silencio no vida tantas horas paradas
ante el escaparate iluminado.

¿Amor aquello?

Sí amor aquello
unido abrazo pleno hasta saciar la sed
del dedo la palabra el llanto
la agonía de los besos furtivos
en un baile aséptico domingo por la tarde
En la ciudad.

José Antonio Labordeta.

miércoles, 10 de marzo de 2010

Deterioro amoroso

Construimos una casa con erizos, flores de hule y ventanas de papel maché.
Y no queríamos ser mayores, queríamos quedarnos dentro del recinto
que tus dedos y mi cuello delinearon en la degenerada retina del tiempo.

Luego, rompimos todas las referencias, todo lo útil, todo lo que fuera racionalidad,
para dejar paso a un destino premeditadamente bohemio.
Y no queríamos crecer, queríamos vivir entre los enanos y las brujas de Buenos Aires y Madrid.

Pero la ambición hizo que ampliáramos el horizonte: creamos un jardín demasiado barroco,
un patio donde las hadas se hacían criadas gratuitas y bien dispuestas.
Y nos planteamos el envejecer un poquito, no mucho, lo suficiente para ya no retornar a la sencillez nunca más,
creyendo que de tanto exprimir nuestra imaginación
le haríamos abortar una idea perfecta,
aquella que nos faltaba para escupir al cielo.

Entonces vinieron las inundaciones, las ciénagas, el barro pisoteando a nuestros dioses.
Y quisimos volver a empezar,
quisimos destruirlo todo, pero no pudimos porque una obra divina nunca sería igualada
por unos pobres tendones mortales.

Almudena Guzmán. Poemas de Lida Sal (1981).

domingo, 7 de marzo de 2010

No perdona el recuerdo

¿Qué región del olvido vuelve ahora?
Ráfagas de niñez, aire punzante
de un rincón o de un mueble o de un instante,
muertos, traen su evidencia ahogadora.

¿Qué me quieres, oh luz de aquella hora?
¿No te sufrí y gocé y soñé bastante?
¿Por qué me asaltas, dura, interrogante?
¿Es que voy a morir? Al fin, reaflora

todo lo que fingí, como al descuido
perder en un asiento el tranvía.
Tal vez, en mi ansia, a medias lo he vivido

y algo añora, y se queja, y desvaría.
No me libertaré con el olvido
de mi eterno infeliz de cada día.

José María Valverde. Versos del domingo (1954).

miércoles, 3 de marzo de 2010

Poema

Uno se va gastando, cada día, en la vida.
Todo lo deseó, a todo se fue acercando.
Vino desde el misterio sin saber qué traía,
y todo, aunque lo amó, lo ha ido abandonando.

Larga carrera ardiente, espeso vivir de fiebres.
Nadie perdona nunca el quedarse en la sombra.
Y una tiene que ir, como van las corrientes
por la tierra feraz, volviéndola más honda.

Se vive con lealtad, cada sangre recibe
un aluvión de impulsos, un grito de aventura.
Aquellos que se van, al amarnos exigen
que sea inextinguible la luz que irradia una.

¡Oh, pero el que vive por tantos que no viven
no puede persistir en un amor cerrado!
Está la inagotable pradera irresistible
del mundo del ensueño, eterno y renovado!

Carmen Conde. En un mundo de fugitivos (1960).

sábado, 27 de febrero de 2010

Contratiempo

Dicen que pasan los días y cambian las cosas,
pero eso -que es así- no es como era
y más que ver crecer ves lo crecido.
Los minutos, si es que fluyen,
lo hacen más bien desde fuera,
dejando en la tierra, paradas,
instantáneas de su vuelo.
Vivir no es ir viviendo, sino ser vivido,
estar desvelado y sabiendo
que el tiempo siempre es tiempo transcurrido.

Leopoldo Alas. Los palcos (1988).

viernes, 26 de febrero de 2010

El aire libre

Diariamente me levanto y miro
mi juventud en el espejo; palpo
mis ropas; pongo oído atento
a la circulación de la poesía
por las venas.
Ese soy yo. Los libros
abren sus mundos. Por la calle
pasa la vida. En el balcón de enfrente
un albañil ajusta una baldosa.
Abre un comercio; frena un automóvil;
se oye un pregón, y un río
lleno de barcos me atraviesa el pecho
y se remansa en mi garganta.
Vivo estoy, por supuesto. ¿Cuánto tiempo
correrá este caballo por la orilla?
¿Cuándo se quebrará este cántaro
que tanto va a la fuente?
Las preguntas aumentan con los meses.
Hay que irse acostumbrando -dicen-
a separarse de las cosas. Pero ahora
es uno libre, y libres son los pájaros,
libres las arboledas y los libros;
por las verjas abiertas
circula libremente la alegría.
La juventud está por encima del tiempo.
Diariamente me levanto y abro
de par en par ventanas y balcones.
Recuerdo coplas; entra en mí de pronto
la asombra alegría de estar vivo.
- Respira a pecho abierto mientras puedas.
Los periódicos dicen que en España
el aire sigue en libertad.

Aquilino Duque. El campo de la verdad (1958).

viernes, 19 de febrero de 2010

Oración

Habítame, penétrame.
Sea tu sangre una con mi sangre.
Tu boca entre mi boca.
Tu corazón agrande el mío hasta estallar.
Desgárrame.
Caigas entera en mis entrañas.
Anden tus manos en mis manos.
Tus pies caminen en mis pies, tus pies.
Árdeme, árdeme.
Cólmeme tu dulzura.
Báñeme tu saliva el paladar.
Estés en mí como está la madera en el palito.
Que ya no puedo así, con esta sed,
quemándome.

Con esta sed quemándome.

La soledad, sus cuervos, sus perros, sus pedazos.

Juan Gelman. Violín y otras cuestiones (1956).

miércoles, 17 de febrero de 2010

No, amor, no

El amor estaba inmóvil.
La madrugada anunciaba miles de flautas blancas
y en el cielo, la luna
era una friísima campana.
Un miedo de amor nos envolvía
en los mares sin límites del alma.
No, amor, no.
Había largos gritos con ramajes.
La madrugada temblando, en las terrazas
se peinaba blanquísima y cansada.
No, amor, no.
Cerramos los ojos. Una cortina moviéndose
dijo algo que no comprendimos.
Los pájaros huían en grandes bandadas.
En el cielo no había más que estrellas
y unos pequeños copos de violetas que flotaban.
No, amor, no.
La luna ya no era una campana.
La madrugada, lejísimos,
no sé qué nos decía con un pañuelo blanco.
¡Amor, amor!
No. No.

Amparo Gastón.

lunes, 15 de febrero de 2010

[Existían tus manos]

Existían tus manos.
Un día el mundo se quedó en silencio;
los árboles, arriba, eran hondos y majestuosos,
y nosotros sentíamos bajo nuestra piel
el movimiento de la tierra.
Tus manos fueron suaves en las mías
y sentí al tiempo la gravedad y la luz
y que vivías en mi corazón.
Todo era verdad bajo los árboles,
todo era verdad. Yo comprendía
todas las cosas como se comprende
un fruto con la boca, una luz con los ojos.

Antonio Gamoneda. Sublevación inmóvil (1960).

viernes, 12 de febrero de 2010

En mitad de un verso

Murió en mitad de un verso,
cantándole, floreciéndole,
y quedó el verso abierto, disponible
para la eternidad,
mecido por la brisa,
la brisa que jamás concluye,
verso sin terminar, poeta eterno.

Quién se muriera así
al aire de una sílaba.

Y al conocer esa muerte de poeta,
recordé otra de mis oraciones.
"Quiero vivir, morir, siempre cantando
y no quiero saber por qué ni cuándo."
Si, en el seno del verso,
que le concluya y me concluya Dios.

Gerardo Diego. Cementerio civil (1972).

lunes, 8 de febrero de 2010

El destino es ahora dar voces solitarias

En cuanto a mí, no he de fingir
una serenidad que no merezco,
que no tengo, que no ambiciono

Vivo con brasas. No las temo,
no las oculto, no las apago. Que ardan,
que calcinen, que templen
Ahora soy puro fuego amoral


En cuanto a ti, que ciertos muros
se desmoronen estupefactos,
que cierto mar caritativamente
en lugar de bramar te mire silencioso,
y que los más benignos dioses
te perdonen tapándose la cara
...si logras simular olvido

Enférmate o muerde tus labios:


De igual modo que yo vocearás en la noche

Félix Grande. Las rubáiyátas de Horacio Martín (1978).

domingo, 7 de febrero de 2010

Ese gesto de muerte

¿Ese gesto de muerte
tendrás siempre, alegría?

¡Ay, si los tallos dóciles
al peso de la brisa,
si la flores moradas,
si las aguas dormidas,
si tantas hermosuras
que en ti, sin ti, suspiran,
por tu flecha de fuego
se sintiesen heridas!

Te lleva el que te ignora.
Te pierde el que te mira.
Fueras siempre en nosotros
caudal de maravilla,
luna que nos traspasa
con su luz, sin nos mira,
materia que se esconde
en nuestra carne viva.

Y no país lejano
que niega a nuestra noche
su eterno mediodía.

José Hierro. Alegría (1947).

sábado, 6 de febrero de 2010

Escombrada

Es la cornisa rota y el mundo que se cae.

Igual que el sueño, vuelve
la tarde a ser carne apagada
cáncer en las paredes de la luz.

Oscuridad que tiembla en un alambre.

Ana Gorría. Araña (2005).

jueves, 4 de febrero de 2010

[Cerré mi puerta al mundo]

Cerré mi puerta al mundo;
se me perdió la carne por el sueño...
Me quedé interno, mágico, invisible,
desnudo como un ciego.

Lleno hasta el mismo borde de mis ojos
me iluminé por dentro.

Trémulo, transparente,
me quedé sobre el viento,
igual que un vaso limpio
de agua pura,
como un ángel de vidrio
en un espejo.

Emilio Prados. Cuerpo perseguido (1927-1928).

miércoles, 3 de febrero de 2010

El hombre

El hombre hacia el Oeste es una hoguera
que el viento -el tiempo en crines extendidas-
arrastra a galopar lejos, sin bridas,
como un caballo oscuro, a la carrera.

Como una oculta nave timonera
repta sus aguas. No sabe qué heridas
le duelen más, qué muertes ni qué vidas,
sólo como una piedra de cantera.

Lleva un trozo de amor deshilachado
en los bolsillos, sueña el ciego anhelo
de encomendar a un hijo esta aventura.

A veces es un perro apaleado
que arrastra su dolor, pegado al suelo,
oliendo ya su propia sepultura.

Eladio Cabañero. Recordatorio (1961).

martes, 2 de febrero de 2010

El hombre cualquiera

El hombre cualquiera tiene una chaqueta de viejos cuadros grises para los domingos y enredaderas negras en el corazón.

El hombre cualquiera se quedó anclado un día en el andén del tiempo y se cubrió de polvo como una radio vieja.

Y le pesa la vida cuando atardece lento alrededor de él.

Él no lo dice, pero tuvo sonrisa una vez y pantalones cortos para mirar al cielo.

Él no lo dice, porque le pesa tanto ya recordar como vivir.

Hace mucho tiempo una niña mujer le llenó la mirada de sol y de niebla.

Luego, vio crecer a sus hijos y, después, alejarse uno a uno mientras su madre tendía la ropa en la cuerda.

La ropa blanca de los años idos.

El hombre cualquiera se hace viejo un otoño y, otra tarde cualquiera, se aleja en silencio, sin que a nadie le importe, ni siquiera a sus hijos.

Julio Llamazares. Los inicios (1973-1978). Versos y ortígas (Poesía 1973-2008).